Los adolescentes en acogimiento residencial, bien sean de protección o de reforma, presentan a menudo conductas más o menos conflictivas sin que ello suponga la adopción de medidas extraordinarias. El peligro surge cuando estas conductas escalan en frecuencia o magnitud hasta poner a prueba los límites del dispositivo que los acoge.La creciente prevalencia de los trastornos de conducta (Matalí, 2016) implica que los recursos residenciales de atención a la infancia deban atender, cada vez en mayor medida, a adolescentes que presentan perfiles antisociales. Se trata de sujetos, en muchos casos víctimas, que adoptan un rol de agresor respecto de los demás chicos y de los educadores, quienes se ven incapaces de dar respuesta a sus comportamientos.