Incidencia de la tecnología en la violencia filioparental: Una revisión sistemática

El uso inadecuado de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), el abuso de las redes sociales, el uso excesivo de dispositivos electrónicos, el consumo de contenido inapropiado y la exposición a contenidos violentos, entre otros, puede tener un impacto negativo en las relaciones familiares, llegando incluso a generar Violencia Filioparental (VFP).

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II Boletín del Observatorio de Violencia Intrafamiliar

El Observatorio de Violencia Intrafamiliar dedicó su cuarta reunión a analizar el fenómeno de la violencia filioparental dentro de las familias adoptantes. El miedo al abandono se perfila como el el origen de estaviolencia, así lo explican los psicólogos Alberto Rodríguez y José Ángel Jiménez. En este número incluye la entrevista al psicólogo, educador y periodista, Jaume Funes y el artículo «Estudio de caso violencia filioparental. La solucion penal como lo último» del abogado Alfredo Abadías, quien defiende «que la denuncia es el último recurso, aunque necesario, al que deberían acudir los padres ante un maltrato por parte de sus hijos». En este artículo nos ofrece una visión de la violencia filioparental desde la perspectiva penal, una información muy útil para profesionales y familias.

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Guía para la prevención de la violencia filioparental

La violencia filio-parental es un problema cada vez más evidente en los sistemas de protección social, sanitario y judicial. Este tipo de violencia hace referencia a un estilo comportamental reiterado dirigido de los hijos o hijas hacia los padres y madres (o los adultos que ejercen el rol parental en su caso), con el objetivo de tomar el dominio y control de las relaciones familiares a través de la sumisión de los progenitores o tutores. 

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Cuando las pautas de crianza no funcionan

Niños y niñas con historias de adversidad

Las experiencias adversas en la primera infancia, especialmente cuando se prolongan en el tiempo, pueden dejar una huella profunda en el desarrollo general, cognitivo y socioemocional. También afectan a la salud física y mental durante la infancia y la adolescencia, y se asocian con un mayor riesgo de conductas no saludables, como el consumo de alcohol y drogas, las relaciones sexuales sin protección u otros comportamientos de riesgo.

Ahora bien, la enorme diversidad de situaciones vividas por niños y niñas con historias de adversidad temprana obliga a alejarnos de etiquetas simplificadoras. Bajo términos como adopción o acogimiento familiar se agrupan realidades muy distintas, con trayectorias vitales y características personales únicas. Sería un error considerar a estos niños, niñas y adolescentes como un grupo homogéneo. Ni la adopción ni el acogimiento son una patología.

La agresividad no es más que la expresión del miedo y del sufrimiento acumulado desde los primeros años de vida

No obstante, también existen casos en los que el daño emocional es tan profundo que requiere intervenciones altamente especializadas. En estos contextos, algunos niños y adolescentes afrontan importantes desafíos en su desarrollo psíquico, que pueden manifestarse en forma de conductas agresivas, descontrol emocional o estallidos de rabia, generando situaciones de riesgo tanto personal como familiar.

Se habla de comportamiento violento o abusivo cuando los progenitores se sienten controlados, intimidados o amenazados por su hijo o hija. Si la familia percibe que debe modificar su conducta por miedo a reacciones agresivas, podríamos estar ante un caso de violencia filioparental (Coogan y Lauster, 2015).

En muchas ocasiones, la agresividad no es más que la expresión del miedo y del sufrimiento acumulado desde los primeros años de vida. Se trata de niños y adolescentes profundamente heridos, con escasas experiencias afectivas seguras, que necesitan dar salida al dolor asociado al abandono, al maltrato o a la institucionalización. Sin el acompañamiento adecuado, estas dificultades pueden derivar en situaciones muy complejas para las que muchas familias no están preparadas.

Cuando las experiencias adversas, como el abandono, la negligencia o el terror, han sido intensas y sostenidas en el tiempo, los sistemas neuropsicológicos encargados de la regulación emocional, conductual y relacional pueden verse gravemente alterados, dando lugar a lo que se ha descrito como “cascadas evolutivas de perturbación”, un efecto en cadena: una dificultad temprana en regulación, apego, lenguaje, conducta o contexto familiar puede alterar otras áreas del desarrollo más adelante (Masten ; Cicchetti, 210).

Incluso en estos casos es importante recordar que el desarrollo es un proceso dinámico. Si entendemos estas conductas como aprendizajes adaptativos a contextos adversos, también podemos comprender que, con el acompañamiento adecuado, pueden modificarse.

Entre las características más frecuentes en adolescentes que ejercen violencia hacia sus progenitores se encuentran la baja empatía, la impulsividad, la escasa tolerancia a la frustración, así como una baja autoestima, malestar psicológico y dificultades para identificar y expresar emociones.

Reparación terapéutica

¿Cómo acompañar a niños, niñas y adolescentes que presentan conductas especialmente desafiantes y que no responden a las pautas de crianzas habituales?

El primer paso es comprender. Conectar con sus dificultades implica tratar de entender qué hay detrás de su comportamiento, ponerse en su lugar y reconocer que muchas de sus reacciones solo pueden explicarse a la luz de sus experiencias previas. Sus vínculos afectivos suelen estar dañados y necesitan ser reparados.

Si entendemos estas conductas como aprendizajes adaptativos a contextos adversos, también podemos comprender que, con el acompañamiento adecuado, pueden modificarse.

Algunos niños desarrollan mecanismos como la disociación emocional, que les permite desconectarse del dolor. En estos casos, no siempre responden al miedo a las consecuencias, lo que hace que los enfoques tradicionales basados en el castigo resulten ineficaces (Rech-Simon y Simon, 2013).

Esto obliga a las familias a cambiar la mirada y también la forma de actuar. Aunque la desesperación, la carga emocional y las dudas estén presentes, especialmente en los momentos más difíciles, es fundamental no perder la confianza en la posibilidad de cambio.

La reparación terapéutica, en palabras de Jesús Palacios, catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación, consiste en transformar el círculo vicioso que mantiene los problemas en un círculo virtuoso que favorezca el bienestar emocional.

En la práctica, esto implica que, ante conductas como desobedecer, mentir, retar o agredir, la persona adulta revise tanto la interpretación que hace de ellas como las emociones que le generan. Comprender que detrás de la conducta hay sufrimiento permite responder de manera diferente. Ese cambio en la respuesta adulta genera nuevas dinámicas emocionales y relacionales que, progresivamente, pueden facilitar cambios en el niño o la niña.

Romper la escalada de violencia no es sencillo, pero es posible. Supone sustituir respuestas reactivas por nuevas formas de relación que enseñen, a través del ejemplo, alternativas a la agresión.

Resistencia pacífica y nueva autoridad

Este enfoque, desarrollado por Haim Omer, propone restaurar la autoridad parental desde una posición firme pero no violenta. A diferencia de modelos tradicionales basados en el control rígido o la jerarquía, apuesta por una autoridad basada en la presencia, la coherencia y el vínculo.

Implica en renunciar a la violencia, tanto física como verbal, y ejercer un tipo de poder legítimo que no dañe, sino que proteja. Y como insiste el psicólogo Javier Múgica, se trata de sostener una postura clara: no aceptar la violencia, no responder con violencia, pero tampoco abandonar al hijo o hija. Es una forma de “lucha” basada en el respeto, el cuidado y la determinación. 

Los resultados, aunque suelen ser a medio o largo plazo, dependen en gran medida de la constancia, el apoyo social y, cuando es necesario, de intervenciones terapéuticas especializadas.

Comunicación no violenta

En esta misma línea, la comunicación no violenta, desarrollada por Marshall Rosenberg, ofrece un marco práctico para mejorar la convivencia y la gestión de conflictos.

Se basa en cuatro pilares: observar sin juzgar, identificar y expresar las propias emociones, reconocer las necesidades propias y ajenas, y formular peticiones claras y respetuosas.

En esencia, se trata de aprender a comunicar lo que pensamos, sentimos y necesitamos, al tiempo que tratamos de comprender lo que la otra persona piensa, siente y necesita. Para ello, es fundamental reducir en nuestro lenguaje elementos como la culpa, la vergüenza o el juicio, que tienden a intensificar el conflicto en lugar de resolverlo.

Referencia Bibliográficas:
Coogan; Lauster (2015). Manual sobre resistencia no violenta dirigido a profesionales.
Masten; Cicchetti (2010). Developmental cascades. 
Rech-Simon y Simon (2013). Consejos de supervivencia para padres adoptivos.