Lola Sinisterra narra en primera persona su experiencia después de pasar muchos años en centros y familias de acogida. De estas vivencias y del trabajo posterior en centros de acogida se nutre Cuando la cigüeña se equivoca, un libro que da visibilidad a la realidad de los niños y las niñas tutelados.

Cuenta la autora el momento de su llegada al centro de acogida: «recuerdo no parar de llorar y apretar la mano de mi hermano sin soltarla hasta la noche. No comprendía que hacía allí, y no paraba de preguntar cuando vendría a buscarnos nuestra madre».

«Hoy trato de poner en práctica mis conocimientos profesionales en las intervenciones que realizo sin olvidar lo que a mí me hubiera gustado que me ocurriera cuando era niña tutelada y lo que no, y según eso actúo», señala Lola Sinisterra.

Es frecuente que los niños y las niñas acogidos, especialmente aquellos que han sufrido malos tratos, puedan mostrar actitudes y sentimientos que se pueden traducir en conductas disruptivas, de rebeldía y violencia hacia sus acogedores. De la necesidad de poner a prueba el vínculo habla en su libro.  Y para finalizar aconseja a las familias acogedoras que no se rindan.  «Por muy difícil que os lo pongan, por mucho que os lleven al límite. Si sienten que aun habiendo intentado todo para desmoronar a la familia no lo han conseguido, interiorizarán por fin que ese es su lugar», subraya Sinisterra.

El acogimiento familiar no deja de ser algo traumático para el propio niño o niña. ¿Podrías darnos algunas pautas o estrategias que nos ayuden a acompañarlos en esa pérdida?

Trabajar el dolor a través de juegos y de cuentos es una manera de que sientan que no son diferentes

Sí, la separación del núcleo familiar, el romper vínculos es algo traumático, independientemente de las edades de los niños. En el momento de la acogida se debe ir trabajando gradualmente el establecer un equilibrio entre ese trauma, esa tristeza, y la nueva creación de la vinculación con los papás o las mamás acogedores.

No todos los niños saben o pueden expresar lo que sienten y es ahí donde los adultos acogedores deben de estar con mil ojos. El cómo se sienten lo veremos en su carácter. Si están irritables, tristes, apagados, enfadados o demasiado alterados.

Es complejo poder encontrar una estrategia que funcione al cien por cien con todos los niños y niñas por igual pero lo que sí es cierto es que hay pequeñas herramientas que podemos utilizar en el día a día para hacer más llevadero este proceso.

Se puede expresar y trabajar el dolor a través de juegos y cuentos, es una manera de que sientan que no son diferentes, que otros niños y niñas viven situaciones parecidas a la suya.

Para mí es muy importante hacerles partícipes de las rutinas familiares. Por ejemplo, es necesario que el niño o la niña se vea integrado en la vida familiar. En los momentos en los que se sienta desubicado podamos utilizar frases como: “este verano iremos a nuestro pueblo otra vez para que puedas verlo y hacer muchas fotos y ponerlas junto a estas de años anteriores». Con eso generaremos una seguridad, una confianza indicándole que él también forma parte y seguirá formando parte de nuestra familia.

En mi caso concreto, cuando viví con mis padres de acogida hubo momentos en los que sentí que no pertenecía a ningún lugar. Los papás y las mamás de acogida debéis trabajar y reforzar el vínculo, crear raíces.

El acople como facilitador de la vinculación con la familia acogedora requiere de un tiempo de desarrollo. ¿Cuáles serían los problemas más comunes en la fase de adaptación?

Los miedos en las personas adultas hacen que no se mantengan contactos con figuras de referencias anteriores

En mi proceso de acogida, el acople se realizó de forma positiva puesto que pude cerrar etapas, despedirme de personas importantes y visualizar con tiempo la nueva vida. Para mí era muy importante poder explicar a mi madre biológica que iba a vivir con una familia de acogida y el hecho de que se respetaran los tiempos facilitó que pudiera hacerlo.

Es cierto que cada situación es diferente y en algunos casos debemos ir más rápido de lo que nos gustaría.

Después de estar trabajando muchos años con niños y niñas que viven en centros de protección y acompañando a familias acogedoras me he dada cuenta de que en ocasiones hay muchos miedos en las personas adultas que finalmente terminamos transmitiendo a los niños y las niñas. Por esos miedos a veces no se mantienen contactos con figuras de referencias anteriores y eso genera que los niños y las niñas vuelvan a perder una vez más.

Se ha elaborado un protocolo de acoplamiento del niño o la niña y la familia acogedora que hay que tener en cuenta para implementar cada pequeño detalle. Que el niño o la niña pueda finalizar el curso en el cole, si es su deseo, que los educadores y familias acogedoras anteriores puedan conocer y mantener contacto con ellos. Que cuando llegue al nuevo hogar se sienta uno más y, por supuesto, adaptarnos a los tiempos tanto del niño o la niña como de la nueva familia.

Los niños y las niñas que han sufrido rupturas familiares no entienden por qué han sido separados de su familia biológica. A veces piensan que el motivo es que se han portado mal y se siente culpables. En muchas ocasiones no son capaces de iniciar la comunicación ni de elaborar un relato cronológico de lo que les pasó, ni tienen las herramientas adecuadas para hablar de esos recuerdos traumáticos. ¿Cómo podemos ayudarles y cómo deberíamos relatar su historia?

Trabajar la historia de vida del niño o niña desde la realidad, la verdad, sin ocultar, sin mentir y con honestidad

Ese es un punto crucial para que la acogida funcione. Trabajar la historia de vida del niño o la niña desde la realidad y con honestidad, sin ocultar, sin mentir. Si no se hace de esta forma después, de algún modo, nos rebotará. Lo sé porque lo he vivido y a lo largo de mi trayectoria profesional lo he visto. Si a un niño, por ejemplo, lo dejaron solo en casa dos días porque sus padres se marcharon por problemas con sumo de tóxicos, el niño debe saberlo y dependiendo de la edad podremos evitar hablar de tóxicos, pero podemos decir que sus padres lo dejaron solo en casa porque no sabían cuidarle, porque tenían una enfermedad y antes debían cuidarse ellos. En definitiva, el niño debe saber que no hizo nada malo y que no podía haber evitado que esa situación sucediera. No debemos criminalizar a los padres biológicos, pero tampoco idealizarlos. Y aunque es complicado encontrar el punto medio, creo que con sinceridad y respeto se puede conseguir.

Cuando he trabajado la historia de vida de los niños y las niñas lo que más me ha funcionado es integrar todo lo posible. Es decir, si un niño tiene visitas con la familia biológica que esos padres contribuyan en darle información y que los educadores, que anteriormente lo cuidaron, le puedan contar vivencias y anécdotas. Si el niño no ha nacido en España enseñarle hay informarle de sus orígenes, que los conozca a través de película, cuentos… Recopilar toda la información posible para que cuando tenga la mayoría de edad no sienta esa necesidad enorme de ir corriendo a solicitar su expediente y encontrarse de golpe con la cruda realidad.

Si el niño o la niña siente que la familia de acogida de algún modo no acepta su historia, no acepta a sus padres biológicos o evita hablar de ellos, posiblemente sentirá que su vida es mala y volveremos a crearle el sentimiento de culpabilidad.

En ocasiones, aunque queramos no podemos responder a sus preguntas, pero sí debemos acompañarle, que sientan que nos importa. Los pequeños detalles cuentan, pueden ayudarles a ordenar los recuerdos y harán que tenga una visión más real de su vida.

Es frecuente que los niños y las niñas acogidos, especialmente aquellos que han sufrido malos tratos, puedan mostrar durante la adolescencia actitudes de hostilidad y desconfianza hacia sus acogedores. ¿Qué les aconsejarías a las familias en esos momentos difíciles?

La incondicionalidad, la seguridad y la confianza son imprescindibles

Un adolescente es una explosión de emociones, pero lo que hemos vivido los niños y niñas del sistema de protección o tutelados no son explosiones son la misma bomba. Al llegar a la adolescencia es cuando más preguntas no hacemos, empezamos a ver la mayoría de edad más cerca y valoramos si estar con la familia acogedora es mejor o peor que estar con la biológica. Lo único que pueden hacer los padres y las madres de acogida es ser incondicionales. La incondicionalidad y la confianza es imprescindible con estos niños y niñas. Repetirles mil veces que por mucho que hagan no vais a renunciar a ellos. Que por muy enfadado que esté, no va a conseguir que os rindáis. Que por muchas veces que os insulten, que os digan que no os quiere, lo vais a querer todavía más.

Mi adolescencia fue muy dura pero mis padres acogedores en ningún caso se plantearon dejar de ser mis padres, por muy mal que los tratara. Sentir la seguridad del amor incondicional es lo que hizo que me diera cuenta de que mis padres estaban realmente ahí y que estarían ahí pasara lo que pasara y, evidentemente, después de veinte años siguen ahí.

Si en esos momentos en los que más necesitan todo ese amor sienten que titubeáis lo van a utilizar para justificarse y victimizarse.

Para el niño o la niña que llega a una familia de acogida el vincularse significa que deja atrás el otro vínculo con la familia de origen. Esto le ocasiona, en la mayoría de los casos, un conflicto de lealtad y se establecen roles entre las familias biológicas y acogedoras. Por ello cómo se les hable de su familia y de su historia es muy importante. Podrías explicar cómo lo viviste y qué hubieras necesitado. ¿Qué implica la presencia de la familia biológica en el cuidado de los niños y las niñas en acogimiento familiar?

Normalizar la presencia de la familia biológica

El conflicto de lealtad de algún modo siempre está ahí, más presente o menos, pero está. Yo lo viví de forma bastante negativa, me produjo bastante dolor, y siento que no se trabajó bien ese aspecto. Es muy difícil manejar estas situaciones cuando eres un niño. Mi corazón, mi mente, todo estaba dividido entre mi madre biológica y mis padres acogedores. Sentía mucha presión, mucho peso, media las palabras para no hacer daño a ninguna de las dos partes pero al final, siendo honesta, siempre terminaba tirando un poco más hacia mi madre biológica.

La familia de acogida ha de respetar a la familia de origen, no deben menospreciar, ni por supuesto poner encontrar a los niños. Al igual que los padres biológicos han de comprender que los acogedores son personas que quieren a su hijo o hija y que no intentan quitarles su amor.

El niño o la niña debe sentir que tiene muchos padres y madres que lo quieren. Si conseguimos normalizar esa situación la angustia del niño o la niña se rebajará y podrán apoyarse unos en otros sin quitar autoridad a nadie.

Incorporar a la familia acogedora en los encuentros de los niños o las niñas con la familia biológica es algo positivo, siempre y cuando esto sea posible.

En mi caso, en ocasiones sucedía así y recuerdo que la sensación de verlos a todos juntos hablando de mí, comentando situaciones del día a día, me hacía sentirme muy bien.

Las dos familias pueden sentirse asustadas en un principio o pueden desconfiar de las intenciones de la otra parte, es algo completamente normal, pero al final hemos de mirar el beneficio para el niño o niña por encima de todo.

Me he dado cuenta de que cuando incorporamos a los padres biológicos estos llegan a sentir incluso mucho aprecio por los padres acogedores. En alguna ocasión, incluso les llegan a tomar de modelo, es algo muy bonito.

Aunque cada niño o niña puede vivirlo y expresarlo de forma distintas, las transiciones son un momento sensible. Desde tu experiencia personal y profesional podrías ofrecer algunas recomendaciones a las familias

No pasar página, que de algún modo sepan que vais a seguir estando ahí

Acompañarles en esos momentos de transición y de cambios, que son especialmente duros, es fundamental. Volvemos a romper vínculos, a sufrir pérdidas, el niño o la niña sienta que no pertenece a ningún lugar.

Si la acogida finaliza porque han llegado a la mayoría de edad deberíamos dejarle claro que él o ella es y seguirá siendo un miembro de la familia. Esta seguridad que se debe ir generando a lo largo de toda la acogida, es todavía más necesaria en el proceso final por el estado de ansiedad y la incertidumbre que puede llegar a sentir nuestro hijo o hija acogido.

Si el niño o la niña va a retornar con su familia biológica podemos explicarle que puede visitarnos y contar con nosotros cuando lo necesite, que no vamos a desaparecer y darle nuestros teléfonos y otros datos datos de contacto.

La despedida es también un golpe duro para la familia acogedora, que en ocasiones lo viven con tensión y rechazo, es normal. Mi recomendación es que no pasen página, que de algún modo puedan seguir estando ahí.

En ocasiones no se les tiene en cuentan a los padres y las madres acogedores en el momento de la toma de desición y es algo que me chirría. Son quienes le cuidan, le conocen, quienes están con él o ella en el día a día y quienes pueden decir mucho sobre su futuro. Espero que con el tiempo vayamos mejorando.

¿Cómo acompañar en la búsqueda de origen y en acceso al expediente administrativo en la mayoría de edad?

No os rindáis por muy difícil que os lo pongan, por mucho que os lleven al límite

La mayoría de edad es uno de los puntos más débiles del sistema de protección a la infancia. Cuando llevamos toda la vida bajo la tutela del Estado y cumplimos la mayoría de edad lo que queremos es decidir sobre nosotros mismos, vivir siendo un poco libre. Uno de los primeros pasos que solemos dar es solicitar nuestro expediente. Nos preguntamos qué paso realmente, cómo son mis padres o cómo eran y si nos han dicho toda la verdad.

La búsqueda de origen y la solicitud del expediente administrativo es un tema muy peliagudo y tenemos que tener mucha precaución en cómo se lleva a cabo.

Mi consejo es que siempre acompañéis a vuestro hijo o hija en todo el proceso. Acompañarle física y emocionalmente hará que no se sienta solo y que, además, quiera compartir con vosotros este momento. Es posible también que en el informe aparezcan direcciones y sienta la necesidad de ir a esos lugares. Frases como «no vayas, estás loco, no sabes lo que te vas a encontrar» no funcionan para nada y, además, solo vamos a conseguir lo contrario.

En mi caso, un trabajador social de la Dirección General de Atención a la Infancia y la Adolescencia en Cataluña (DGAIA) me entregó el expediente y pude llevármelo a casa. Lo leí yo sola sin apoyo, sin soporte profesional ni emocional, hubo muchas cosas que desconocía y eso me dejó muy impactada.

Otra situación que puede darse es que los acogedores dispongan de una información previa y les de miedo que al leer su expediente pueda desbloquear traumas, recordar algún tipo de abuso o similar. Si eso ocurre hay que ofrecerle ayuda psicológica. Nunca se debería responder con frases como “eras muy pequeño y de eso no puedes acordarte”, porque os sorprendería mucho cómo la mente nos protege de lo que nos hizo daño.

Mi consejo final para las familias acogedoras es que no os rindáis por muy difícil que os lo pongan, por mucho que os lleven al límite. Si vuestro hijo o hija siente que aun habiendo intentado todo para desmoronar a la familia no lo ha conseguido, interiorizará por fin que ese es su lugar.   

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Fina Marín
09/03/2022

Lola Sinisterra Sánchez es trabajadora social, integradora social y técnica en violencia de género