Cuando la conducta es supervivencia: Comprender el trauma relacional temprano en la escuela

El espacio escolar constituye uno de los principales desafíos para los niños y niñas adoptados y acogidos, así como para sus familias. Con frecuencia, estos niños, niñas y adolescentes inician su trayectoria educativa en una situación de clara desventaja, como si se les exigiera competir en un nivel de desarrollo superior al que correspondería a su edad cronológica y madurativa.

Un alumnado con necesidades específicas que presenta dificultades derivadas de experiencias adversas en los primeros años de vida


Para muchos de estos niños y niñas el colegio puede ser un auténtico campo de batalla. No porque no quieran aprender, sino porque parten de una situación de desventaja. Se trata de un alumnado con necesidades específicas que presenta dificultades derivadas de experiencias adversas en los primeros años de vida y que a menudo no son fácilmente reconocidas en el entorno educativo.

El impacto del trauma relacional temprano

Las experiencias adversas infantiles, como el maltrato, pueden alterar el desarrollo cerebral, afectar al estado emocional y dificultar el aprendizaje. Este tipo de trauma se denomina trauma relacional temprano o trauma complejo porque el daño se produce en el contexto de las relaciones de apego primario, es decir, con las personas que deberían haber proporcionado protección y cuidado.
Cuando un niño o una niña ha vivido este tipo de experiencias, su organismo puede permanecer en un estado de alerta constante o modo supervivencia. La sensación de peligro y desprotección se vuelve persistente. Además, la adversidad temprana influye en la imagen que el niño y la niña construye de sí mismo y de los demás: puede sentirse poco valioso, incapaz o torpe, desconfiar de los otros y no esperar recibir apoyo.

Las funciones ejecutivas y el aprendizaje

Una de las principales explicaciones de las dificultades escolares que presentan muchos de estos niños y niñas se encuentra en las alteraciones de las funciones ejecutivas. Las funciones ejecutivas son procesos cognitivos de alto nivel que permiten regular la conducta, planificar, inhibir impulsos, mantener la atención o adaptarse con flexibilidad a nuevas situaciones. Estas capacidades resultan esenciales para el aprendizaje y para la adaptación al entorno escolar.

Su organismo puede permanecer en un estado de alerta constante o modo supervivencia.


Su desarrollo depende en gran medida de la maduración de las áreas prefrontales del cerebro. En niños y niñas que han sufrido trauma relacional temprano, este desarrollo puede verse comprometido debido a la falta de estimulación afectiva adecuada, la ausencia de sintonía emocional y la carencia de adultos sensibles que hayan facilitado procesos tempranos de corregulación. Como resultado, suelen presentar mayores dificultades para adaptarse a las exigencias del entorno escolar que al contexto familiar.

Cuando la escuela se percibe como un entorno amenazante

Para muchos de estos niños y niñas, la escuela puede convertirse en un entorno altamente demandante e incluso amenazante. Permanecer sentados durante largos periodos, seguir normas implícitas de convivencia o mantener una autorregulación constante supone un reto considerable cuando existen dificultades en la atención y el control de impulsos.
A ello se suma una historia vital marcada, en muchos casos, por experiencias acumuladas de adversidad: maltrato en la familia de origen, cambios repetidos de cuidadores y, posteriormente, la incorporación a una familia adoptiva o de acogida.
Esta carga emocional puede interferir directamente en la capacidad del niño o niña para concentrarse en tareas académicas básicas, como la lectoescritura o el razonamiento matemático. La dificultad no radica únicamente en la motivación o en la voluntad de aprender, sino también en las limitaciones neuropsicológicas para organizar, planificar y sostener el esfuerzo cognitivo.

El papel del estrés temprano

Otro factor relevante es la activación crónica del sistema de respuesta al estrés. Diversos estudios muestran que muchos de estos niños y niñas presentan niveles elevados de hormonas del estrés, como el cortisol o la adrenalina, desde etapas muy tempranas del desarrollo, incluso desde el periodo prenatal.
La exposición prolongada a estas hormonas puede dificultar la regulación emocional y conductual.
En el contexto escolar, esta hiperactivación suele manifestarse en forma de hipervigilancia, dificultades para mantener la atención o escaso control de impulsos. Estas conductas pueden interpretarse como disruptivas: invasión del espacio personal de los compañeros, deterioro del material escolar, respuestas desafiantes hacia el profesorado o abandono del aula.

Dificultades en la regulación emocional y la integración social

Muchos de estos niños, niñas y adolescentes presentan dificultades significativas en la regulación emocional, que pueden expresarse mediante rabietas intensas, cambios bruscos de estado de ánimo o conductas desorganizadas. Si estas manifestaciones no se comprenden desde una perspectiva sensible al trauma, pueden interpretarse erróneamente como problemas de conducta.

Un número importante de niños y niñas adoptados y acogidos tienen dificultades para integrarse socialmente en la escuela. Más allá de los aprendizajes académicos, pueden experimentar obstáculos para establecer relaciones con sus compañeros y sentirse parte del grupo, lo que aumenta el riesgo de aislamiento y puede reactivar vivencias previas de abandono.

La alianza entre familia y escuela

En este contexto, la elección del centro escolar adquiere un papel importante. Resulta recomendable valorar la filosofía educativa, la organización del aula y las prioridades pedagógicas del centro. Los colegios centrados exclusivamente en el rendimiento académico y la evaluación normativa suelen ofrecer menos apoyo a este tipo de alumnado. En cambio, los centros que priorizan el clima emocional, utilizan metodologías cooperativas y cuentan con recursos para la atención individualizada suelen proporcionar entornos más favorables para su desarrollo.

Estos niños y niñas requieren una mirada educativa sensible al trauma y centrada en el desarrollo emocional.

Ante esta realidad, la colaboración entre la familia y la institución educativa resulta esencial. Es fundamental construir una relación de alianza con el profesorado, los tutores y los equipos directivos basada en una comprensión compartida de la historia del niño o niña y de sus necesidades específicas. Más que cuestionar la labor del centro, el objetivo es ofrecer información, sensibilizar y aportar pautas que favorezcan la corregulación emocional: asignar roles estructurados, proponer tareas con sentido o facilitar espacios de calma cuando aparece el desbordamiento emocional.

La escolarización de niños y niñas con historia de trauma relacional temprano es un proceso complejo que requiere una mirada educativa sensible al trauma y centrada en el desarrollo emocional. Las familias necesitan acompañamiento especializado y los centros educativos requieren formación y recursos adecuados para responder de manera ajustada a las necesidades de este alumnado.

Referencias Bibliográficas:
García, X. ; Hernández, A.; Larumbe, N.; Mirabent, V.; Plana, J.(2025). Propuestas para la Mejora de la Respuesta Educativa al Alumnado Adoptado o Acogido. Cómo Afrontar el Trauma Relacional Temprano. Amics dels Infants del Marroc (IMA); Asociación de Familias de Niños y Niñas de Etiopía (AFNE); Asociación de Familias Adoptantes Colombia y Petales España.
Benito, R. (2023). Consecuencias del maltrato infantil para el neurodesarrollo y su impacto en el entorno escolar. Revista de Neuroeducación Vol.4 Núm.1.
Blanco, Ch; (2025).El trauma complejo mantiene al niño en modo supervivencia. Escuela de Familias Adoptivas, Acogedoras y Colaboradoras.
Perry, B.D.( 2014). Cómo ayudar a los niños traumatizados. Una breve descripción para los cuidadores del niño.

Para Saber Más:
Escuelas Sensibles al Trauma

El trauma relacional temprano: la huella de la adversidad temprana en la mente y la conducta

Un breve relato del impacto de la adversidad durante la infancia. Las imágenes han sido creadas con inteligencia artificial.
Charo Blanco

El niño y la niña crece bajo la mirada de un adulto. Si esa mirada es de aprobación y de refuerzo, el niño crecerá seguro de sí mismo y sintiéndose merecedor del amor que recibe. Por el contrario si esa mirada es inquisidora, de desaprobación o de indiferencia, crecerá sintiéndose poco valioso y no confiará en las personas ni en las relaciones.

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El niño necesita una relación jerárquica con unos adultos previsibles y cuyo mensaje sea siempre de permanencia y de disponibilidad emocional y física hacia él.

La adversidad temprana es un conjunto de vivencias traumáticas en la infancia, proporcionadas por los adultos responsables de cuidar del niño o niña, bien por acción, como la violencia conyugal, o bien por omisión, despojando al niño del cuidado y la atención que necesita.

La consecuencia de la adversidad temprana es el trauma relacional temprano o trauma complejo, en forma de huella que queda tanto en la mente como en la conducta. Esto va a condicionar el mundo interno del niño, la percepción que tiene de sí mismo, la percepción que tiene de lo demás y, sobre todo, la percepción que tiene de la relación con los demás.

Las conductas desreguladas, la falta de autorregulación, las dificultades en el apego y en la creación de vínculos seguros en el niño o niña, son la prueba de que existe una memoria traumática donde los recuerdos, a veces explícitos y otras implícitos, controlan su comportamiento de manera inconsciente. El niño sigue actuando de la misma manera que cuando estaba sometido al peligro, al desamparo.

Este tipo de conductas en modo supervivencia son las que más desconciertan a las familias, porque los menores siguen poniendo en práctica estrategias defensivas: rabietas, retos, agresiones, etc. La explicación a esto es que les cuesta integrar que en el presente ya no las necesitan porque están en un entorno seguro.

El niño no es malo, no se porta mal; siente miedo y se defiende de peligros del pasado, inexistente en el presente. Su mayor miedo es a las relaciones con los adultos, hasta comprobar que estos no volverán a dañarle.

Los mensajes de permanencia son los que necesitan estos niños y niñas cuando están más desregulados, frases del tipo: “tranquilo, estoy aquí, estoy contigo y no me voy a ir; confía en mí, que yo te ayudaré”.

Los niños temen, sobre todo: el rechazo, el abandono y ser dañados de nuevo.

Encolerizar a las personas adultas es su forma de ponerlos a prueba, de comprobar si estarán ahí para ellos o volverán a abandonarles. Los niños temen, sobre todo: el rechazo, el abandono y ser dañados de nuevo.

Las rutinas predecibles le proporcionan al niño una sensación de control y estabilidad. Es conveniente hacer una planificación de rutinas diarias que se le irán explicando de forma reiterada y con antelación. De esta forma, el niño irá integrando sensación de seguridad.

Las familias adoptivas y acogedoras ejercen una parentalidad terapéutica y reparadora, que son la base de la creación de seguridad interna en los niños y, en definitiva, de vínculos sanos y estables.

 

Charo Blanco es psicóloga y terapeuta infantil, especializada en traumaterapia sistémica infantojuvenil.

Fuente de la infografía: Blanco CH., 2026. Trauma relacional temprano o trauma complejo.

Acogiendo fantasmas: La gestión de las presencias mentales en el acogimiento

En el documento se expone algunas ideas necesarias, especialmente relacionadas con el concepto de «pérdida ambigua» desarrollado por la psicóloga y terapeuta estadounidense Pauline Boss, que puede ayudarnos a que sirva para entender un poco mejor algunas de las cosas que suceden en los acogimientos. Cómo responder a una serie de interrogantes alrededor de la incertidumbre en la que se encuentran muchas veces los niños y niñas acogidas: ¿Cómo estará mi familia?, ¿volveré con ella?, ¿cuándo? ¿vendrán a la visita?… Lo mismo pasará si el niño o niña regresa con su familia o pasa a otra familia de acogida o adoptiva. La presencia real de sus acogedores cesará pero quedará, probablemente, una presencia mental que, de nuevo llevará, casi seguro, unas gran dosis de incertidumbre: ¿por qué no sigo allí? ¿no me querían tener? ¿no volveré a verlos?

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Charo Blanco: «El trauma complejo mantiene al niño en modo supervivencia»

Hablamos con Charo Blanco, psicóloga y terapeuta infantil especializada en traumaterapia sistémica infantojuvenil, acerca de los principales desafíos en el acogimiento familiar y la adopción, el desajuste entre expectativas y realidades, de nuestra propia historia de vida, así como de los efectos del trauma complejo en los niños y las niñas del sistema de protección: su modelo interno de trabajo, la disociación, los disparadores emocionales y sus dificultades en el entorno escolar. Compartimos algunos extractos del podcast :

Los niños y niñas que vienen del sistema de protección no han nacido en un entorno de seguridad por ello la terapeuta nos recuerda que nuestra motivación debe de estar centrada en sus necesidades.

Nuestra infancia, las vivencias y las personas que dejan huellas en nosotros, moldean nuestras relaciones. Blanco nos invita a reflexionar sobre cómo han sido nuestras primeras relaciones en la infancia, cómo han sido cubiertas nuestras necesidades» y cómo influye en nuestro estilo de crianza.

Si nuestro estilo de apego no es todo lo sano que pensábamos, en la inmensa mayoría de los casos es reparable

La experta señala cómo las personas adultas tenemos la capacidad de modificar los patrones de los diferentes estilos de apego inseguro que tengamos: «Si nuestro estilo de apego no es todo lo sano que pensábamos, en la inmensa mayoría de los casos es reparable». 

Siguiendo en la línea de las secuelas de la adversidad temprana, la terapeuta explica cómo se manifiesta el trauma en el «modelo de trabajo interno», la representación del modo de estar en el mundo tiene que ver con cómo hemos integrado la representación de nosotros mismos. Su mensaje es claro: la mayoría de estos niños y niñas han integrado una representación muy negativa de sí mismo. Están convencidos de que no son merecedores de amor, además de una percepción de incapacidad para gestionar los retos diarios. Han integrado esta visión negativa de sí mismo de una manera tan profunda porque no han sido protegidos.

El trauma complejo mantiene al niño en modo supervivencia

El niño o niña que está viviendo una situación traumática mantenida en el tiempo se siente totalmente desprotegidos pero además siente que está en peligro. Estas experiencias traumáticas comprometen la integridad física y psicológica de niños y niñas. Así lo señala Blanco, «el trauma complejo mantiene al niño en modo supervivencia». Este tipo de trauma se denomina trauma relacional temprano o trauma complejo porque las personas de referencia, las personas de apego primario, principalmente sus padres y madres, son los que les han causado el daño. Estos niños y niñas tienen muchas dificultades para controlar sus impulsos, tienen distorsionada la percepción de sí mismo, no confian en sus propios recursos y además tienen muy afectada las relaciones interpersonales.

Nos explica qué es el trauma del desarrollo, una categoría diagnóstica propuesta por el psiquiatra e investigador Bessel Van Der Kolk con el fin de aunar todos los diagnósticos de un niño o niña que ha sufrido trauma complejo pero que comprome todas las áreas psíquicas y físicas.

La falta de cuidados en los primeros años puede generar mecanismos de defensa que, muchas veces, bloquean el sufrimiento físico y emocional que se manifiestan en la disociación. El niño o niña puede revivir la misma sensación de amenaza que vivió antes y sus reacciones son las mismas que se gestaron en la situación traumática. «Cuando el niño no recuerda algo y por sus gestos y por su conducta vemos que no lo recuerda, ese es el paradigma de la disociación», señala Blanco.

Los disparadores emocionales son señales de humo que la memoria traumática manda, relacionadas con el trauma en sí

Blanco nos ayuda a las familias a diferenciar los disparadores emocionales, fruto de la disociación, de las mentiras y otras conductas disruptivas que pueden manifestar nuestros hijos o hijas. Los disparadores emocionales son «señales de humo que la memoria traumática manda, relacionadas con el trauma en sí. Cuando hablo de disparadores de humo es porque se manisfiestan de muy diferentes forma en niños y niñas que han sufrido un trauma complejo». Estos disparadores generan reacciones emocionales desproporcionadas de manera automática.  Y aunque a veces no es fácil diferenciar los disparadores emocionales, existen señales inequívocas cuando en un momento determinado y sin causa aparente el niño o niña se desregula por completo, tiene un cambio brusco de comportamiento, responde manera desproporcionada, no recuerda o manifiesta diferentes personalidades. En estos casos no hay duda de que el niño o niña está fuera de control, una manifestación de que «su cerebro está secuestrado por el trauma», hay algo que está llevando al niño a otro momento, a otra vivencia.

Por último, la experta describe las manifestaciones del trauma relacional en el entorno escolar. Lo más perceptible son las dificultades que estos niños y niñas manifiestan en las funciones ejecutivas, una serie de capacidades cognitivas que le permite centrar, pensar, reflexionar, planificar y responder acorde a una situación.

Puedes escuchar la entrevista completa en este enlace https://soundcloud.com/escueladefamilias/sets/entrevista-charo-blanco