Renovando Desde Dentro. ¿Oportunidad o más sufrimiento? Los centros educativos ante las medidas de protección

En este artículo se exploran algunas claves básicas para mejorar la comprensión de las situaciones de los niños, niñas y adolescentes con medidas de protección, como marco general para que los centros educativos sean entornos seguros y protectores y que garanticen su bienestar en el mismo nivel que para el resto del alumnado, para sean una oportunidad de una vida mejor, y no más sufrimiento.

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El trauma relacional temprano: la huella de la adversidad temprana en la mente y la conducta

Un breve relato del impacto de la adversidad durante la infancia. Las imágenes han sido creadas con inteligencia artificial.
Charo Blanco

El niño y la niña crece bajo la mirada de un adulto. Si esa mirada es de aprobación y de refuerzo, el niño crecerá seguro de sí mismo y sintiéndose merecedor del amor que recibe. Por el contrario si esa mirada es inquisidora, de desaprobación o de indiferencia, crecerá sintiéndose poco valioso y no confiará en las personas ni en las relaciones.

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El niño necesita una relación jerárquica con unos adultos previsibles y cuyo mensaje sea siempre de permanencia y de disponibilidad emocional y física hacia él.

La adversidad temprana es un conjunto de vivencias traumáticas en la infancia, proporcionadas por los adultos responsables de cuidar del niño o niña, bien por acción, como la violencia conyugal, o bien por omisión, despojando al niño del cuidado y la atención que necesita.

La consecuencia de la adversidad temprana es el trauma relacional temprano o trauma complejo, en forma de huella que queda tanto en la mente como en la conducta. Esto va a condicionar el mundo interno del niño, la percepción que tiene de sí mismo, la percepción que tiene de lo demás y, sobre todo, la percepción que tiene de la relación con los demás.

Las conductas desreguladas, la falta de autorregulación, las dificultades en el apego y en la creación de vínculos seguros en el niño o niña, son la prueba de que existe una memoria traumática donde los recuerdos, a veces explícitos y otras implícitos, controlan su comportamiento de manera inconsciente. El niño sigue actuando de la misma manera que cuando estaba sometido al peligro, al desamparo.

Este tipo de conductas en modo supervivencia son las que más desconciertan a las familias, porque los menores siguen poniendo en práctica estrategias defensivas: rabietas, retos, agresiones, etc. La explicación a esto es que les cuesta integrar que en el presente ya no las necesitan porque están en un entorno seguro.

El niño no es malo, no se porta mal; siente miedo y se defiende de peligros del pasado, inexistente en el presente. Su mayor miedo es a las relaciones con los adultos, hasta comprobar que estos no volverán a dañarle.

Los mensajes de permanencia son los que necesitan estos niños y niñas cuando están más desregulados, frases del tipo: “tranquilo, estoy aquí, estoy contigo y no me voy a ir; confía en mí, que yo te ayudaré”.

Los niños temen, sobre todo: el rechazo, el abandono y ser dañados de nuevo.

Encolerizar a las personas adultas es su forma de ponerlos a prueba, de comprobar si estarán ahí para ellos o volverán a abandonarles. Los niños temen, sobre todo: el rechazo, el abandono y ser dañados de nuevo.

Las rutinas predecibles le proporcionan al niño una sensación de control y estabilidad. Es conveniente hacer una planificación de rutinas diarias que se le irán explicando de forma reiterada y con antelación. De esta forma, el niño irá integrando sensación de seguridad.

Las familias adoptivas y acogedoras ejercen una parentalidad terapéutica y reparadora, que son la base de la creación de seguridad interna en los niños y, en definitiva, de vínculos sanos y estables.

Charo Blanco es psicóloga y terapeuta infantil, especializada en traumaterapia sistémica infantojuvenil.

Fuente de la infografía: Blanco CH., 2026. Trauma relacional temprano o trauma complejo.

Vinculación emocional y apego en niños maltratados. Consecuencias de la negligencia emocional en la infancia

La capacidad y el deseo de formar relaciones emocionales esta relacionado con la organización y el funcionamiento de partes específicas del cerebro humano. Así como el cerebro nos permite ver, oler, degustar, pensar, hablar y movernos, es el órgano que nos permite amar – o no. Los sistemas en el cerebro humano que nos permiten formar y mantener relaciones emocionales se desarrollan durante la infancia y los primeros años de vida. Las experiencias durante este período temprano y vulnerable de la vida son fundamentales para la formación de la capacidad para formar relaciones íntimas y emocionalmente saludables. La empatía, la compasión, la generosidad, la inhibición de la agresión, la capacidad de amar y una serie de otras características de una persona sana, feliz y productiva están relacionados con las capacidades centrales de apego que se forman en la infancia y la primera infancia.

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La adopción de un niño severamente maltratado

Este artículo muestra, desde la experiencia de la autora, la problemática que deben enfrentar estas familias adoptivas de niños y niñas severamente maltratados y algunas formas de intervención en dichos contextos. El trabajo con niños que han sufrido malos tratos implica un abordaje integral. La prioridad recae en intervenir desde el contexto del niño, conociendo las implicancias que ha tenido para ellos el impacto traumático.

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Qué es el síndrome disejecutivo y cómo afecta a los niños víctimas de maltrato

Luis González Mezquita
Psicólogo 

Funciones ejecutivas y procesos cognitivos

Las funciones ejecutivas son la esencia de nuestra conducta, son la base de los procesos cognitivos y constituyen el elemento con mayor valor diferencial entre el ser humano y el resto de las especies (Portellano, 2005). El sistema ejecutivo mantiene una estrecha relación con las actividades intencionales, novedosas y no rutinarias, las cuales requieren la inhibición de respuestas habituales, la planificación, la toma de decisiones, así como el uso de la flexibilidad cognitiva y la atención sostenida.

Estas funciones son indispensables para programar acciones orientadas al logro de objetivos de manera eficiente y para resolver problemas complejos. Gracias a su carácter supramodal, las funciones ejecutivas supervisan el funcionamiento del resto de las áreas de la corteza cerebral y organizan la conducta humana. En este sentido, el funcionamiento ejecutivo puede definirse como el conjunto de capacidades que permiten transformar los pensamientos en decisiones, planes y acciones, favoreciendo una mejor adaptación al entorno. Toda conducta dirigida a un objetivo implica la puesta en marcha de diversas estrategias que constituyen la base de las funciones ejecutivas.

La neurociencia contemporánea ha adoptado el término funciones ejecutivas para referirse al conjunto de actividades desarrolladas por el área prefrontal, de modo que los conceptos de área prefrontal y funcionamiento ejecutivo suelen utilizarse de manera intercambiable. Las lesiones en esta región pueden afectar, de forma sutil o severa, la capacidad para programar la conducta, especialmente en sus niveles más complejos, simbólicos y abstractos, dando lugar al denominado síndrome disejecutivo.

Las funciones ejecutivas no solo regulan los procesos cognitivos, sino que también desempeñan un papel fundamental en la regulación emocional.

Las funciones ejecutivas no solo regulan los procesos cognitivos, sino que también desempeñan un papel fundamental en la regulación emocional. Aspectos como la autoconciencia, el comportamiento ético ajustado a normas sociales, la empatía y la capacidad de interacción social adecuada dependen en gran medida del funcionamiento ejecutivo. En particular, las áreas ventrales u orbitofrontales de los lóbulos frontales actúan como un punto de integración entre las estructuras límbicas y el córtex prefrontal anterior, lo que explica su implicación en el control de los impulsos y la regulación emocional. Aunque el origen de las emociones se sitúa en sistemas neuroendocrinos vinculados a las áreas límbico-diencefálicas, su expresión o inhibición está modulada por el lóbulo frontal.

Desde el nacimiento, la actividad metabólica del sistema nervioso central aumenta progresivamente para favorecer el desarrollo de los procesos sensoriales, motores y cognitivos. Durante los primeros meses de vida, el metabolismo es más activo en las estructuras subcorticales y en las áreas sensitivas y motoras de la corteza cerebral, mientras que la activación de las áreas asociativas es menor. Esta secuencia responde a una lógica adaptativa, ya que inicialmente el niño debe adquirir las habilidades sensoriomotoras básicas, indispensables para que, de manera gradual, puedan desarrollarse y consolidarse procesos cognitivos más complejos.

Capacidad de tomar decisiones y planificar conductas dirigidas a metas.
Selección adecuada de objetivos.
Programación de las secuencias y de las actividades necesarias para alcanzar dichos objetivos.
Selección de las estrategias necesarias para iniciar un determinado plan de acción y capacidad para mantener dicho plan durante su ejecución.
Inhibición de la distracción, evitando la interferencia de los estímulos irrelevantes.
Monitorización de la puesta en marcha del plan de acción para comprobar su ajuste al objetivo y a las estrategias inicialmente propuestas.
Flexibilidad para corregir errores y modificar o incorporar conductas nuevas en función de las contingencias que vayan surgiendo mientras se desarrolla el plan de acción dirigido al logro de un determinado objetivo.
Capacidad para mantener un pensamiento alternativo que permita el cambio de estrategias de modo flexible si la situación lo requiere, para asegurarse el logro de la meta propuesta.
Capacidad prospectiva, valorando qué consecuencias tendría nuestra actuación sobre el resultado final de nuestra conducta.
Capacidad para regular la intensidad, el costo energético y el tiempo empleado en el transcurso de la actuación (“timing”).
Capacidad para valorar el grado de éxito o de fracaso en el cumplimiento de metas.
Tabla 1. Portellano, J.A. (2009). Estrategias incluidas en las FE para programar la conducta. Manual ENFEN. TEA Ediciones.

Maltrato infantil y funciones ejecutivas

El daño producido en estas áreas explicaría el origen de la sintomatología observada en niños, niñas y adolescentes víctimas de maltrato infantil y, en mayor o menor medida, en los que no habiendo maltrato no han sido satisfechos los cuidados necesarios para generar un apego seguro.

La actividad del lóbulo frontal está en proporción directa con los procesos de mielinización y sinaptogénesis. Para que se implementen los procesos cognitivos, y las funciones ejecutivas de manera específica, es imprescindible que se produzca un crecimiento axónico, así como un aumento en la densidad de las conexiones nerviosas. De este modo determinadas características de las funciones ejecutivas como la capacidad de planificación, la flexibilidad mental, el autocontrol o el sentido ético, solo empiezan a manifestarse en fases más avanzadas de la infancia, a la par que avanza el desarrollo madurativo del cerebro.

Áreas lesionadasSintomatología
Dorsolateral


Incapacidad para generar nuevas hipótesis.
Dificultad para resolver problemas complejos.
Pérdida de flexibilidad mental y tendencia a la perseveración.
Disminución de la fluidez verbal.
Pérdida de estrategias para realizar nuevos aprendizajes.
Dificultad para el inicio de la programación motora.
Dificultad para realizar actividades motoras alternantes.
Alteración del recuerdo temporal de acontecimientos.
Indicadores pseudodepresivos
Cingular


Reducción de la actividad espontánea.
Apatía y pérdida de iniciativa.
Alexitimia (incapacidad para identificar emociones propias).
Inexpresividad / hipomanía.
Hipolalia, restricción del lenguaje y laconismo en las actividades verbales, con frecuencia respuestas monosilíbicas.
Indicadores pseudodepresivos.
Orbitaria


Indicadores pseudopsicóticos.
Cambios de personalidad.
Desinhibición.
Irritabilidad.
Agresividad.
Ecopraxia (imitación involuntaria de gestos).
Incapacidad para adaptarse a las normas sociales.
Conducta emocional inadaptada a la situación.
Euforia.
Hipomanía.
Síndrome anético (moralmente insensible).
Moria: jocosidad, bromas continuas y sin motivo aparente.
Tabla 2. Portellano, J.A. (2009). Principales manifestaciones del síndrome disejecutivo. Manual ENFEN. TEA Ediciones.

Sintomatología del síndrome disejecutivo

La lesión en la zona prefrontal produce un conjunto de síntomas que recibe la denominación de Síndrome Disejecutivo (SD). En términos generales, la lesión de las áreas prefrontales provoca enlentecimiento del procesamiento cerebral y de la respuesta motora, dificulta la ejecución de los procesos cognitivos y altera el comportamiento y las respuestas emocionales en mayor o menor medida.

Las principales manifestaciones del síndrome disejecutivo se pueden sintetizar del siguiente modo:

  • Dificultad para el control de pensamiento y pérdida de la capacidad para planificar, secuenciar y resolver problemas complejos. Se sustituye las operaciones intelectuales pertinentes por respuestas impulsivas y no premeditadas.
  • Déficit atencional y distraibilidad acusada frente a los estímulos externos irrelevantes, lo que produce una excesiva dependencia ambiental.
  • Pérdida de flexibilidad cognitiva, tendencia a la perseveración y rigidez del comportamiento.
  • Alteración en la memoria operativa, con dificultad para la realización de tareas que requieren la ejecución dual de dos o más actividades simultáneamente.
  • Alteraciones de personalidad, el humor y el control emocional, con incremento de la impulsividad y desinhibición del comportamiento.
Indicadores del proceso cognitivoIndicadores del comportamiento afectivo-social
Dificultad para regular el funcionamiento ejecutivo.
Incapacidad para beneficiarse de la experiencia.
Incapacidad para integrar nuevas informaciones con experiencias anteriores.
Deterioro de la atención. Dificultad para la planificación de tareas.
Pérdida de flexibilidad y rigidez mental.
Falta de actividad mental productiva.
Errores de estimación, con tendencia a la sobrevaloración de sus capacidades personales.
Fatigabilidad excesiva.
Desinhibición verbal.
Desorganización visoespacial.
Deterioro en la capacidad de autorregulación.
Pérdida de fluidez verbal.
Trastornos del razonamiento.
Alteraciones verbales.
Dificultad para la ejecución de tareas duales.













Irritabilidad.
Agresividad.
Impulsividad.
Baja tolerancia a la frustración.
Conducta extravagante y fanfarrona.
Cambios bruscos y frecuentes de humor.
Rabietas excesiva.
Conducta sexual inapropiada.
Conductas autolesivas.
Labilidad emocional.
Risa inapropiada.
Carácter pueril y caprichoso.
Falta de responsabilidad.
Falta de capacidad para establecer relaciones interpersonales.
Ausencia de empatía.
Despreocupación por los sentimientos ajenos.
Desarrollo precario de la conducta moral.
Tristeza.
Dificultad para manejar y expresar emociones.
Reacciones catastrofistas.
Fugas.
Despreocupación por el futuro.
Dificultad para aprender conductas socialmente adaptadas.
Desadaptación escolar.
Ausentismo escolar.
Cambios conductuales.
Inefectividad del castigo.
Descuido personal
Tabla 3. Portellano, J.A. (2009). Principales manifestaciones del síndrome disejecutivo en la infancia. Manual ENFEN. TEA Ediciones

Referencia:

Portellano, J.A. ; Martínez, R. ; Zumárraga, L. (2009). Manual ENFEN: Evaluación Neuropsicológica de las Funciones Ejecutivas en Niños. Madrid: TEA Ediciones.