Caminando hacia la adopción. Versión para familias de acogida externas

Esta versión de la guía está dirigida al acogimiento familiar en familia ajena. Recoge orientaciones para apoyar las transiciones y contactos entre familias de acogida y familias adoptivas.

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Cuando las pautas de crianza no funcionan

Niños y niñas con historias de adversidad

Las experiencias adversas en la primera infancia, especialmente cuando se prolongan en el tiempo, pueden dejar una huella profunda en el desarrollo general, cognitivo y socioemocional. También afectan a la salud física y mental durante la infancia y la adolescencia, y se asocian con un mayor riesgo de conductas no saludables, como el consumo de alcohol y drogas, las relaciones sexuales sin protección u otros comportamientos de riesgo.

Ahora bien, la enorme diversidad de situaciones vividas por niños y niñas con historias de adversidad temprana obliga a alejarnos de etiquetas simplificadoras. Bajo términos como adopción o acogimiento familiar se agrupan realidades muy distintas, con trayectorias vitales y características personales únicas. Sería un error considerar a estos niños, niñas y adolescentes como un grupo homogéneo. Ni la adopción ni el acogimiento son una patología.

La agresividad no es más que la expresión del miedo y del sufrimiento acumulado desde los primeros años de vida

No obstante, también existen casos en los que el daño emocional es tan profundo que requiere intervenciones altamente especializadas. En estos contextos, algunos niños y adolescentes afrontan importantes desafíos en su desarrollo psíquico, que pueden manifestarse en forma de conductas agresivas, descontrol emocional o estallidos de rabia, generando situaciones de riesgo tanto personal como familiar.

Se habla de comportamiento violento o abusivo cuando los progenitores se sienten controlados, intimidados o amenazados por su hijo o hija. Si la familia percibe que debe modificar su conducta por miedo a reacciones agresivas, podríamos estar ante un caso de violencia filioparental (Coogan y Lauster, 2015).

En muchas ocasiones, la agresividad no es más que la expresión del miedo y del sufrimiento acumulado desde los primeros años de vida. Se trata de niños y adolescentes profundamente heridos, con escasas experiencias afectivas seguras, que necesitan dar salida al dolor asociado al abandono, al maltrato o a la institucionalización. Sin el acompañamiento adecuado, estas dificultades pueden derivar en situaciones muy complejas para las que muchas familias no están preparadas.

Cuando las experiencias adversas, como el abandono, la negligencia o el terror, han sido intensas y sostenidas en el tiempo, los sistemas neuropsicológicos encargados de la regulación emocional, conductual y relacional pueden verse gravemente alterados, dando lugar a lo que se ha descrito como “cascadas evolutivas de perturbación”, un efecto en cadena: una dificultad temprana en regulación, apego, lenguaje, conducta o contexto familiar puede alterar otras áreas del desarrollo más adelante (Masten ; Cicchetti, 210).

Incluso en estos casos es importante recordar que el desarrollo es un proceso dinámico. Si entendemos estas conductas como aprendizajes adaptativos a contextos adversos, también podemos comprender que, con el acompañamiento adecuado, pueden modificarse.

Entre las características más frecuentes en adolescentes que ejercen violencia hacia sus progenitores se encuentran la baja empatía, la impulsividad, la escasa tolerancia a la frustración, así como una baja autoestima, malestar psicológico y dificultades para identificar y expresar emociones.

Reparación terapéutica

¿Cómo acompañar a niños, niñas y adolescentes que presentan conductas especialmente desafiantes y que no responden a las pautas de crianzas habituales?

El primer paso es comprender. Conectar con sus dificultades implica tratar de entender qué hay detrás de su comportamiento, ponerse en su lugar y reconocer que muchas de sus reacciones solo pueden explicarse a la luz de sus experiencias previas. Sus vínculos afectivos suelen estar dañados y necesitan ser reparados.

Si entendemos estas conductas como aprendizajes adaptativos a contextos adversos, también podemos comprender que, con el acompañamiento adecuado, pueden modificarse.

Algunos niños desarrollan mecanismos como la disociación emocional, que les permite desconectarse del dolor. En estos casos, no siempre responden al miedo a las consecuencias, lo que hace que los enfoques tradicionales basados en el castigo resulten ineficaces (Rech-Simon y Simon, 2013).

Esto obliga a las familias a cambiar la mirada y también la forma de actuar. Aunque la desesperación, la carga emocional y las dudas estén presentes, especialmente en los momentos más difíciles, es fundamental no perder la confianza en la posibilidad de cambio.

La reparación terapéutica, en palabras de Jesús Palacios, catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación, consiste en transformar el círculo vicioso que mantiene los problemas en un círculo virtuoso que favorezca el bienestar emocional.

En la práctica, esto implica que, ante conductas como desobedecer, mentir, retar o agredir, la persona adulta revise tanto la interpretación que hace de ellas como las emociones que le generan. Comprender que detrás de la conducta hay sufrimiento permite responder de manera diferente. Ese cambio en la respuesta adulta genera nuevas dinámicas emocionales y relacionales que, progresivamente, pueden facilitar cambios en el niño o la niña.

Romper la escalada de violencia no es sencillo, pero es posible. Supone sustituir respuestas reactivas por nuevas formas de relación que enseñen, a través del ejemplo, alternativas a la agresión.

Resistencia pacífica y nueva autoridad

Este enfoque, desarrollado por Haim Omer, propone restaurar la autoridad parental desde una posición firme pero no violenta. A diferencia de modelos tradicionales basados en el control rígido o la jerarquía, apuesta por una autoridad basada en la presencia, la coherencia y el vínculo.

Implica en renunciar a la violencia, tanto física como verbal, y ejercer un tipo de poder legítimo que no dañe, sino que proteja. Y como insiste el psicólogo Javier Múgica, se trata de sostener una postura clara: no aceptar la violencia, no responder con violencia, pero tampoco abandonar al hijo o hija. Es una forma de “lucha” basada en el respeto, el cuidado y la determinación. 

Los resultados, aunque suelen ser a medio o largo plazo, dependen en gran medida de la constancia, el apoyo social y, cuando es necesario, de intervenciones terapéuticas especializadas.

Comunicación no violenta

En esta misma línea, la comunicación no violenta, desarrollada por Marshall Rosenberg, ofrece un marco práctico para mejorar la convivencia y la gestión de conflictos.

Se basa en cuatro pilares: observar sin juzgar, identificar y expresar las propias emociones, reconocer las necesidades propias y ajenas, y formular peticiones claras y respetuosas.

En esencia, se trata de aprender a comunicar lo que pensamos, sentimos y necesitamos, al tiempo que tratamos de comprender lo que la otra persona piensa, siente y necesita. Para ello, es fundamental reducir en nuestro lenguaje elementos como la culpa, la vergüenza o el juicio, que tienden a intensificar el conflicto en lugar de resolverlo.

Referencia Bibliográficas:
Coogan; Lauster (2015). Manual sobre resistencia no violenta dirigido a profesionales.
Masten; Cicchetti (2010). Developmental cascades. 
Rech-Simon y Simon (2013). Consejos de supervivencia para padres adoptivos.

Orientación al maestro desde los centros de apoyo postadoptivo

La autora recuerda al profesorado que los niños y las niñas adoptados pueden mostrar su inseguridad afectiva a través de múltiples manifestaciones de conductas problemáticas y disruptivas en el aula que deberán saber interpretar para poder buscar soluciones siempre en colaboración con la familia.

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Particularidades del proceso de integración de los niños y niñas de condición adoptiva

La integración de un niño o niña adoptado o acogido en su nueva familia es algo que solamente puede ocurrir de forma progresiva. Muchos de los niños y niñas que adoptamos o acogemos tienen, como consecuencia de su vida anterior, dificultades madurativas y a veces estructurales. Los doctores en Psicología, Nienstedt y Westermann han investigado este proceso de integración y han descrito las siguientes tres fases: fase de adaptación, fase de transferencia de los conflictos y fase de regresión. Aunque el citado desarrollo en tres fases es seguramente el ideal, no se produce de modo lineal, sino circular, cíclicamente y con avances en espiral.

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